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WALLY WEEK from Pyjamarama 25-03-06

AVISO:¡No leas este artículo de principio a fin, como cualquier otro! En este artículo, tú decides qué rumbo debe tomar la historia. Léetelo por encima, saltando los párrafos que creas oportunos y di luego que este artículo es de los más flojos, en la línea de los publicados últimamente, o pasa de lo que se cuente aquí y ve directamente al blog a contar todos los que tú recuerdas. De ti y sólo de ti depende que el autor se deprima al ver que ha currado en vano.

¿Quién no ha pensado decirle cuatro cosas a Neil Gaiman por el final pedorro de Buenos Presagios, y a Terry Pratchett por permitírselo? ¿Quién no apretó los dientes de rabia ante las putadas de Milady de Winter en Los Tres Mosqueteros? ¿Quién no quiso alguna vez cambiar la evaluación final del libro de notas escolares? Sin tener que sangrar por la nariz como Ashton Kutcher ni cantar Johnny B. Goode en el colegio de nuestros padres, hubo una época de esplendor en la que los libros nos brindaron la ocasión de elegir nuestro propio final, manejando la historia como hacen los yanquis en el cine bélico.

Aunque participar en una historia para llevar a su protagonista a buen puerto es algo socialmente reprobable (miren si no a los jugadores de rol o videojuegos) y hubo una época gris en la que leer era sólo para empollones (y un niño con un libro se llevaba más collejas que jugando a mosca), los temerarios escritores Edward Packard y R. A. Montgomery decidieron juntar ambos conceptos, dando a luz la famosa serie ELIGE TU PROPIA AVENTURA, inspirándose en el primer libro no-lineal y lleno de argumentos paralelos y contradictorios entre sí: la Biblia. Ya que en la Biblia, dependiendo de por dónde la abras, Dios puede ser misericordioso y perdonar todos los pecados, o bien ser un Dios furioso y castigador que manda a los pecadores a quemarse al infierno; puede ser tan justo como para liberar a un pueblo de la esclavitud con alguna ayudita sobrenatural, o tan vil y ególatra como para putear a alguien sólo para ganar una apuesta con un amiguete… Todo depende de la decisión que tomes y el orden en que leas el libro.

MECÁNICA

El modo de empleo era muy sencillo: empezabas a leer la historia como otra cualquiera, hasta el emocionante momento en que se te pedía que tomaras la primera decisión, indicándose un número de página al que debías dirigirte para seguir leyendo la historia en función a lo que hubieras elegido. En realidad, esta primera decisión de emocionante tenía poco, ya que obviamente ningún libro empezaba por "Si saltas del coche en marcha, pasa a la página 4. Si, en cambio, prefieres tratar de desactivar el reactor nuclear con tus poderes mentales, pasa a la página 18"., sino cosas más cotidianas como "Si das un beso a tu abuela, pasa a la página 3. Si no, pasa a la página 6". Y, claro está, la miga de la historia no dependía de algo así.

El sistema continuaba hasta que, en lugar de una elección, te encontrabas con la palabra FIN. En este momento, la aventura había terminado y tenías dos opciones: dejar el libro por ahí hasta que tu madre te pidiese por vigésima vez que lo colocaras en su sitio, o bien empezar la historia de nuevo e ir eligiendo distintos caminos. Esto en teoría, claro, ya que lo que en realidad pasaba era que, si alguna elección delicada era obsequiada con la palabra FIN (tan descorazonadora como el “Sigue Buscando” de los rasca-y-gana), volvías a la página anterior, donde habías dejado convenientemente colocadito el dedo índice, y elegías la otra opción. Si esta también era un FIN y no quedaban más opciones, comenzaba la labor de investigación retroactiva, que venía a ser que te ponías a ir patrás y mirar todas las opciones hasta encontrar una que no terminase en FIN, o al menos no en uno denigrante. Por supuesto que había un final redondo y feliz, que se encontraba en la última página y que suponía mejor sabor de boca que “Decides abandonar la casa sin explorarla, y a pesar de que tu cobardía te impide desentrañar el misterio que encierra, te sientes aliviado por alejarte de un lugar tan decididamente oscuro y peligroso.” Le faltaba decir “Pero qué asco me das, cagón miserable.”

Aunque la teoría es que el final dependía de la sabiduría de tus decisiones, la cruda realidad era que la mayor parte de las veces era el puro azar, o bien conocer un poco el estilo de cada autor, el que decidía tu final. Básicamente lo mismo que una relación afectiva, en la que en lugar de ir de bares con tus amigotes, decides pasar la noche en casa de tu pareja y resulta que, lejos de acertar, tu decisión te lleva a una interminable charla sobre que “no le dejas espacio, llevas las cosas demasiado deprisa y le estás agobiando”. FIN.

La historia estaba escrita en segunda persona, por lo que a todos los efectos eras tú quien asumía el papel protagonista, pese a que las ilustraciones desperdigadas a lo largo de los libros solían representar a un mozalbete alto, delgado y rubio, y no sé si alguno de vosotros se sentía identificado, porque lo que es yo, soy todo lo contrario. Años después, hojeando un ejemplar de la colección de Asterix “Alea Jacta Est!”, he comprobado que la fijación por los protagonistas altos, delgados y rubios persiste, al ofrecerte el juego la posibilidad de encarnar a Gudurix, el sobrino ye-ye de Abraracurcix, aún teniendo tantos personajes gordos o bajitos sobre los que centrar la acción.

HISTORIAS

Aunque la mayoría de nosotros los perdimos de vista relativamente pronto, ELIGE TU PROPIA AVENTURA llegó a alcanzar cerca de noventa títulos de trepidante acción e incorrectas decisiones, como intentar desarmar a un atracador usando una esponja o descolgarse por una fachada con una cuerda hecha de kleenex.

Recuerdo especialmente Tu Clave es Jonás, uno de los primeros. En él, eras seleccionado por el servicio secreto como agente especial, para luchar con los rusos e investigar ballenas (¿?). Mientras que todas las películas sobre el tema se resuelven con los malos resbalándose y dándose cómicos porrazos mientras el pequeño protagonista pone cara de susto y ni siquiera se raspa los codos, en Tu Clave es Jonás hasta abrir un yogur con los dedos o hacerlo con los dientes era una elección de vida o muerte. Me recuerda a esos videojuegos de Spectrum en los que cualquier cosa que tocaras, menos el suelo, te mataba. En cambio, había veces en que si elegías la opción más prudente, también la cagabas y recibías tu castigo en forma de lapidario FIN, por lo que al final elegías al buen tuntún y esperabas a que los malos se dieran porrazos mientras tú pasabas páginas con cara de susto. Si la intención de Edward Packard era quitar a los niños la ridícula idea de ser agentes secretos, por lo menos conmigo lo logró.

Otro título esencial es OVNI 54-40, en el que eras abducido por unos extraterrestres con la idea de exhibirte en un zoo espacial, y raro era si conseguías un final mejor que ese. Con suerte, podían enseñarte a componer “Thriller” años antes que Michael Jackson, como a Luixy Toledo. Otros libros, como El Misterio de Chimney Rock con su casa misteriosa, su gato fantasmal y su vieja que yo había tapado con un cromo en la portada porque me daba miedo, o el Expreso de los Vampiros (que bien podría ser el metro de Madrid un domingo a primera hora de la mañana, con su desfile de resaca), hacían las delicias de quienes veíamos Scooby Doo, preferíamos el Misterio de Cefa al Cluedo y vimos Buenas Noches, Señor Monstruo sin tener arcadas.

Como en todas partes cuecen habas, ELIGE TU PROPIA AVENTURA nunca quiso ser menos, deleitando a las masas con rarezas de la talla de Prisionero de las Hormigas (y su secuela, El Amo del Poder Maligno), El Gran Rally (que por alguna razón todo el mundo recuerda como un auténtico coñazo) y Te Conviertes en Tiburón, en el que, a pesar del engañoso título, te convertías en muchos otros animales, presa de una maldición por profanar un templo; ahora que todos esos problemas se arreglan con una demanda y un par de careos en Salsa Rosa, el tema de las maldiciones queda ya anticuado, como los “ordenadores de última generación” que salen en Juegos de Guerra.

OTRAS COLECCIONES

Estos clásicos literarios fueron reinterpretados en sagas como “Elige tu Propia Aventura, serie Globo Azul”, más finos y facilitos (“para niños”, supuestamente; como si mi padre se hubiera leído “Tu Clave es Jonás”, no te jode), D&D: Aventura Sin Fin (“los negros”), con guerreros, brujos, espadas y demás canciones de Manowar, o más recientemente la adaptación a este formato de las historias de R.L. Stine y sus “Pesadillas”. Por otra parte, pequeños entrometidos como Los Cinco o Los Tres Investigadores también tuvieron aquí su sitio, aunque en España su presencia fue escasa, y es que no tenía mucho interés buscar por quincuagésima vez “la cueva de los contrabandistas”, que parece que es lo único que hacían los Cinco. Había más todavía: unos basados en la serie de TV de Dragones y Mazmorras, los de El reto de las Galaxias, con su puntuación final según lo bien que lo hicieras o los coñazo de Planea tu Fuga... o Indiana Jones, donde interpretabas al ayudante de Indiana Jones. No podemos olvidarnos de otra colección presentada por la original: La máquina del tiempo, que afortunadamente contaba con Dinosaurios y Cyborgs en dos de sus títulos. El resto un coñazo.

 

Que dilema, tener que elegir entre ser Indiana Jones, investigar un caso que ni siquiera Holmes pudo resolver... o irse con Los Cinco a mirar por un catalejo

También, aunque en ínfima representación, el mundo de los tebeos se sumó a esta práctica, como es el caso del recopilatorio Lobo’s Hits, en el que podías decidir qué querías que hiciese y eso te llevaba a leer una nueva historia del macarra estelar o bien a algún final disparatado e hilarante (y a mí que Lobo no me hace tanta gracia...). Por otro lado, la célebre epopeya de Superlópez, Los Petisos Carambanales, te ofrecía la posibilidad de guiar al superhéroe catalán a través de un montón de decisiones críticas, siendo tú el máximo culpable en caso de mala elección y echándotelo en cara los personajes, como en el final en que Jaime los salva a todos y Superlópez queda en ridículo, o cuando acaban todos haciendo una conga y cantando “Ya se murió el burro, que tururú”. Y si quieres un petiso, consigue plastilina y afílate los dedos.

En lo sucesivo, fueron saliendo colecciones en las que no sólo la decisión, sino una tirada de dados y la consulta de una pequeña “hoja de personaje” (cuánto daño ha hecho el rol) podía decidir tu destino. Para empezar, tu destino ya clareaba como alguno de los que, si ya te machacaban por leer en los recreos, encima te viera tirar daditos mientras tanto: del festival de collejas por bicho raro no te libraba ni sacar dos seises. Además, no bastaba con poner el índice y asegurarte de que al final del párrafo elegido no ponía “Tu Aventura Ha Terminado” antes de empezar a leerlo; al sacar un 4, lo más común era hacer como que un dado había quedado borracho y en realidad era un 8, justo lo que necesitabas para matar a la rana de lengua venenosa (hacerte trampas a ti mismo, qué forma de tocar fondo).

En este campo de dados y ficha, además de las ya mencionadas ALEA JACTA EST! de Asterix, encontramos otras como Advanced Dungeons & Dragons (los que todo el mundo llama “los azules”), en las que encarnabas a héroes más guapos, fornidos y maduros (y siempre eran hombres) en aventuras clásicas del mundillo, como por ejemplo la cruzada para acabar con Strahd Von Zarovich en “El Vampiro de Ravenloft”, encarnar al mago Raistlin en “Reto Crucial” o realizar el asalto a “El Reino de Pesadilla de Baba Yaga”, cuya casa tenía patas de gallo y bailaba para que no pudieras alcanzar la puerta de entrada. Qué perturbador.

 


En la fiebre del librojuego con dados y ficha, si es que alguna vez la hubo, tuvimos la oportunidad de encarnar a superhéroes Marvel (el del Dr. Extraño era un tostón de tomo y lomo), o a un joven aprendiz de Santa Cla… de… Sherlock Holmes en una saga de libros que invitaban a perderse, al contar con ficha personalizable, dados, listado de pistas y conclusiones y, en definitiva, todo lo que obviamente uno lleva a mano si va leyendo en el autobús (Si tienes las pistas K y M, pero no la J, no tienes la conclusión B y la temperatura ambiente es menor a 10º, ve a la página 100. Si por el contrario tienes las pistas A, C, J y L, la conclusión N y tu color favorito es el magenta, ve a la página 116. Pero si lo que tienes es…etc. etc.).

Otras, como la Saga del Cruzado, encadenaban unos libros con otros en la búsqueda de Babilonia, la cual encontrabas en el cuarto libro, sospecho que porque no tuvieron mucho éxito, a pesar de ser bastante divertidos (¡un cruzado que viaja por el tiempo y el espacio! ¡y tenías un hueco en la dichosa ficha para apuntar objetos que recogías por el camino! ¡hasta matarratas llevé yo una vez!). También los mencionados AD&D tuvieron su minisaga, en la que el mago Carr Delling cogía primero un cetro, luego una corona y luego se veía las caras con su rival, el cuál le pedía que hablase de Rusia y al pobre Carr no le venían más cosas a la cabeza que “es un país maravilloso lleno de gente maravillosa”. Pero bueno, los libro juegos dan para un artículo propio que os prometemos para un futuro no muy lejano.

Hoy, que hasta las Aventuras Gráficas andan en peligro de extinción, estos libros han quedado atrás, ganando el pulso la narrativa clásica en forma de Harry Potter, cuyo quinto libro (la Orden del Fénix) me acercó de nuevo al mundo de las decisiones, planteándoseme cada veinte páginas la posibilidad de seguir leyendo un denso mamotreto en el que no pasa nada relevante, o bien mandarlo a hacer gárgaras y jugar al World of Warcraft como hace todo el mundo.

FIN (si no te gusta este final, prueba a volver a la web y elegir otro)

 

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