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Los
años pasados junto a mi querido "gomas"
depositaron en mi mente muchas vivencias, sucesos curiosos,
grandes proezas de superación personal (acabar
el Sabre Wulf sin ayuda de pokes me supuso
una enorme inyección de moral) y, en definitiva,
una serie de recuerdos imborrables, de esos que van contigo
al fin del mundo, como rezaba el slogan de un famoso
anuncio de automóviles de principios de los 80.
Pero entre los muchos recuerdos que sobre el Spectrum
vagan por mi mente, quizá los más curiosos
se refieran a un lugar concreto; una tienda de Madrid
que acabó convirtiéndose (por lo menos para
mí y para muchos de los que la frecuentábamos
con alguna asiduidad) en un verdadero club social, un
club extraoficial de amigos del Spectrum,
por llamarlo de algún modo.

Por
la época en la que yo acababa de estrenar mi Gomas
de 48 Kb la cadena de tiendas de Sinclair Store
era lo más parecido a las actuales PC City,
por poner un solo ejemplo. Sinclair Store había
comenzado a establecerse como una de las distribuidoras
oficiales de material de Sinclair en España,
y su éxito le había llevado a extender sus
redes por algunas zonas de Madrid, donde tenía
varias tiendas, y por otras ciudades de España.
Con el tiempo su influencia aumentaría a tal punto
que, en más de un caso, haberse comprado el Spectrum
o algún periférico en una tienda de éstas
significaba tener material oficial, un cacharro
cuya valía y garantía de fiabilidad era
superior a la de cualquiera adquirido en cualquier otro
sitio. Tal razonamiento, por ridículo que pueda
parecer, no solo era seguido a pies juntillas por más
de un comprador (me consta y no lo digo solo por mí),
si no que a mí y a mis amigos nos servía
de poderoso argumento para menospreciar a otros niños,
incluso a los que habían adquirido su ordeñador
en el Corte Inglés. En aquellos tiempos
tu Spectrum tenía que ser mejor que el del vecino,
y cualquier excusa era válida. Claro
que yo tenía una ventaja añadida sobre los
demás niños del barrio y del colegio: Mi
Spectrum era genuinamente inglés (traído
desde Manchester con la abnegada colaboración
de un amigo de mi padre, ya que era mucho más barato
que en España) y además yo fui el primer
niño de mi clase en tener uno
. J.

No
recuerdo muy bien, pero sería sobre mediados de
1984 cuando, después de una aburridísima
tarde de compras por Madrid, mis padres y yo acabamos
en aquel Sinclair Store de Diego de León.
¿Porqué en ese precisamente?. Pues no lo
sé, que diría el nuevo presi del Atleti,
supongo que porque sería el más cercano
al lugar de reunión de los radioaficionados de
la provincia, que mi padre, fiel a esa afición
desde años atrás, acostumbraba a visitar
cada fin de semana. No era cuestión de dejar al
niño solo en casa con 10 añitos, así
que allí me veía yo, aburrido como una ostra,
rodeado de gente que no conocía, cuyos hijos en
su mayor parte eran mayores que yo, y enfrascados en unas
conversaciones sobre electrónica y repetidores
que me parecían áridas y sin sentido.

Descubrir
aquella tienda fue una bendición para
mis atribulados padres, pues se dieron cuenta que era
más que eso: No eran pocos los padres que utilizaban
aquel lugar como improvisada guardería
en la que dejar a sus hijos preadolescentes durante un
rato, para que se mantuviesen entretenidos y dejasen de
dar el coñazo. Justo eso fue lo que vieron mis
padres en ese Sinclair Store, en un momento en el que
todavía no había teléfonos móviles,
pero a los niños como yo aún se les podía
dejar solos con relativa confianza por las calles del
centro de Madrid.

Entrar
en aquel sitio suponía hacerlo en un mundo aparte,
casi en un plano separado de la realidad: Lo de
fuera no existe. Aquí está la auténtica
verdad. Aquella tienda desprendía un glamour
especial, sin comparación alguna con cualquier
tienda de ordenadores de las que ya salpicaban la capital
por aquí y por allí, y desde luego sin comparación
alguna con cualquier tienda de informática de hoy
en día: Donde hoy los ordenadores en exposición
permanecen apagados o bloqueados para que la gente no
se pase de la raya con ellos por si las moscas,
ayer, y en aquella tienda, todos los ordenadores que allí
había expuestos estaban encendidos, funcionando,
y a la entera disposición de un numeroso, variopinto,
y generalmente también bullicioso grupo de personas,
que se arremolinaba en torno a los ordenadores para observar
con curiosidad las evoluciones del enterado
de turno con aquella cosa negra y teclas de chicle.
Era algo que yo hasta entonces jamás había
visto. ¡Un montón de Spectrums funcionando
y a disposición completa del que los quisiera manejar!.

Supongo
que la intención de los dueños de la tienda,
en un momento en que muchas personas solo habían
visto un ordenador en las películas, era atraer
la atención del público que pasase por delante
de la susodicha tienda, sin importar en exceso si la gente
compraba o no. Tras los mostradores, con sus enormes cristaleras
tras las cuales se amontonaban los cacharros del Tío
Clive, se podía observar perfectamente
el interior de la tienda que, ya de por sí no demasiado
generoso en espacio, se quedaba claramente pequeño
para la enorme cantidad de gente que se congregaba y en
algunos casos podía pasarse allí horas enteras
jugando. Porque la mayor parte de los ordenadores tenían
cargado eso: juegos, muy probablemente con la intención
de aumentar todavía más la asistencia de
público a tan peculiar sala de cine.

Los Sábados era particularmente numerosa la afluencia
de gente a la tienda, y en muchas ocasiones reinaba un
caos total por doquier, dentro del cual los empleados
se preocupaban de que las cosas no se salieran de madre,
incluso imponiendo turnos de tiempo para el
uso de los 8 o 10 Spectrums que, dispuestos en fila a
lo largo del pasillo que era entonces este Sinclair Store,
iban pasando de par de manos a par de manos. Para evitar
posibles tentaciones, las máquinas
eran precavidamente desprovistas de cassette
antes de que se abriera la tienda, una vez cargados los
programas correspondientes. Por lo que a mí respecta,
el tener a mano un cassette para cargar un juego carecía
de sentido. La tienda no era grande y había empleados
pasando constantemente por delante de los ordenadores,
vigilando lo que hacíamos con ellos. Además,
teniendo ya un Spectrum en casa ¿para qué?.
El resto del personal, los paletos (con perdón)
que no habían visto un ordenador en su vida, ya
alucinaban bastante contemplando al "manitas"
de turno a los mandos del Androide 2, viendo
cómo aquella bestia se cepillaba
sin mayores dificultades un nivel tras otro, y tratando
de imitarle acto seguido con mayor o menor fortuna.

¿Y
cómo llegó a convertirse el Sinclair Store
de Diego de León en un club social?.
Como ya he comentado anteriormente, aquella tienda era
vista como improvisada guardería por muchos padres
de de familia, que dejaban allí a los niños
(algunos no tan niños ya) a pasar el rato mientras
ellos se iban solos por ahí (no me consta que hubiera
ningún caso de abandono aprovechando la situación
J). A fuerza de vernos muchos fines de semana allí,
acabé congeniando y entablando amistad con algunos
chavales que, como yo, eran temporalmente desterrados
por sus padres a aquella tienda / guardería, o
bien simplemente pasaban por allí a intentar echar
una partida a algo en compañía de los amigos
porque es divertido y mis padres no me dejan meter
amigos en casa para jugar. Quedábamos hasta
el Sábado que viene porque ya suponíamos
que, salvo problemas, muchos nos íbamos a ver por
allí el Sábado siguiente. Algunos no esperaban
ni al Sábado: Nos vemos pasado mañana
o durante esta semana. Frecuentando el Sinclair
Store fue cuando aprendí lo que era hacer pellas,
toros o como demonios le llamen a eso, dado
que yo desconocía lo que era tal actividad: mis
padres me tenían controladísimo en ese sentido
(la asistencia a clase) y aquello me granjeaba algún
comentario burlón por parte de mis amigos más
rebeldes.

Los
aledaños de la tienda se convirtieron en lugar
para el contrabando de cintas con juegos:
Mis amigos de la tienda me pasaban listas pobladas de
nombres. Yo les pasaba las mías. Y todos juntos
hacíamos negocio. Cuando nos encontrábamos
en la tienda salíamos al exterior, lejos de los
escaparates (si alguno estaba jugando en ese momento pues
esperábamos) y allí, de forma clandestina
intercambiábamos las cintas de forma parecida a
como hoy intercambiamos CDs:
-Toma
tío, te he grabado lo que me pediste. Me debes
una cinta. ¿La has traido?.
-No,
pero mi viejo me ha dado dinero para pagártela,
que no ha podido ir a comprar cintas esta semana.
-¡Jolín!.
¿Una semana y no ha tenido tiempo de comprar una
sola cinta?.
-Bah.
Con el dinero te la compras tú de la marca que
te guste y listos.
-Ok.
Esperemos que cargue todo, jejejeje. Lo mismo
digo, jijijijiji.
-Venga,
métete la cinta en el bolsillo del abrigo y vamos
para adentro.
El
Sinclair Store de Diego de León acabó teniendo
para mí un significado particular, por los recuerdos
que me dejó en la mente. Allí tuve la ocasión
de ver y / o probar las últimas novedades del mercado
de videojuegos. Allí pude echarme mi primera partida
al Psitron y al Sabre Wulf
(milagro, dada la cantidad de gente que había ese
día). Allí pude probar en primicia
el QL, ese aparato con dos cacharritos pequeños
como lo definió un comprador que quería
verlo, y en el que todos dejábamos volar nuestra
imaginación con el impresionante aspecto de los
juegos que Ultimate iba a publicar para él: Viendo
el Ajedrez este de Psion seguro que van a ser la
ostia, decía alguno.

Con
el paso del tiempo, mi padre dejó de interesarse
por el tema de los radioaficionados, al que yo había
cogido una tremenda manía por lo aburridísimo
que me parecía. También yo fui creciendo,
y ya no me veía obligado a ir con mis padres a
todas partes. Mis visitas al Sinclair Store de Diego de
León se fueron espaciando cada vez más,
hasta que al final dejé de ir, aunque durante largo
tiempo mantuve el contacto con algunas de las amistades
forjadas en la tienda. La última vez que pisé
aquel lugar fue en 1986 más o menos, para comprar
un Spectrum+ 128 (¿dónde si no me lo iba
a comprar?) que por aquel entonces, y con la salida al
mercado del nuevo +2 había bajado considerablemente
de precio. Las cosas habían cambiado bastante:
La gente ya estaba acostumbrada a ver un ordenador, aunque
fuese en casa de algún vecino. Los dueños
de la tienda habían cambiado de parecer, y decidieron
desconectar los ordenadores que antaño permanecían
siempre a disposición del futuro comprador.
En definitiva, todo estaba adquiriendo un aspecto más
actual.

Nunca
más volví a pisar aquella legendaria tienda
en la que había pasado algunas tardes de Sábado
memorables. Sinclair fue comprada por Amstrad,
se hundió y de ella nunca más se supo. Imaginé,
por lógica, que todo lo que había tenido
algo que ver con el imperio del Tío Clive
habría desaparecido también, como de hecho
había pasado con las revistas sobre Spectrum y
cosas por el estilo. Sin embargo, aún me iba a
llevar una sorpresa: En 1997 estaba yo pateando Madrid
en busca de una tienda barata en la que comprar un PC.
Paseando por Diego de León, después de muchísimos
años sin pasar por allí, pude distinguir
los llamativos y luminosos carteles amarillos de mí
Sinclair Store. Las letras aún estaban esculpidas
en la singular tipografía de la marca Sinclair,
y los carteles aún ostentaban el logo del Spectrum,
el famoso arcoiris, brillando como nunca en la oscuridad
de aquella tarde de invierno. Claro que la tienda que
antaño había sido santuario de Sinclair
Research ltd. hoy se dedicaba a vender PCs y cajas
de Windows. Era como si de algún modo se hubiese
hecho realidad el sueño que no se pudo lograr con
el fallido PC-200: Convertir a Sinclair en un best
seller de la venta de compatibles. Curioso ¿no?.
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